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AMIGOS MUSEO ETNOGRAFICO "EL CASERON" (AMAT)

GALLAECIA Y LOS GALAICOS

GALLAECIA Y LOS GALAICOS LAS TRIBUS DE LA HISPANIA PRERROMANA
GALLAECIA Y LOS GALAICOS
“Gallaecia (...)la región es muy rica en oro, de forma que incluso con el arado con frecuencia cortan terrones de oro (...)”
Justino Epitome, 44.3
Los orígenes de los pueblos galaícos se pierden en las brumas del mar que abraza su territorio. Gallaecia es punto de partida y llegada hacia otras tierras, y los romanos aseguran que en él se acaba el mundo, localizando en esta zona el finis terrae. Más allá de este punto, se especula con la existencia de un gigantesco abismo en el que se abaten las aguas del Océano en rugiente cascada, habitado por temibles criaturas. En alguna ocasión, avezados marineros fenicios, griegos o célticos han intentado alcanzar dichos lugares, quedando como únicos testigos de sus hazañas tan sólo restos dispersos traídos por las olas. La cultura galaíca es principalmente céltica, aunque matizada por elementos nativos muy antiguos, que hablan de dioses primigenios y desconocidos para otros célticos.
Gallaecia es una región muy rica en minerales tales como el cobre, el plomo y el minio, así como en oro, de tal forma que el preciado metal puede hallarse con facilidad excavando tan sólo un poco. Abundan los montes sagrados, poblados por los espíritus y a los que tan sólo pueden acceder los druídas para realizar sus misteriosos rituales. De entre ellos, hay uno que entre los galaicos tiene especial importancia, puesto que en el se dice que existe una puerta que comunica con el Otro Mundo. Nadie que porte armas o instrumentos de hierro puede acceder a él, bajo pena de graves maldiciones. Su interior es de oro puro, pero nadie se atreve a violar la superficie del Monte Sagrado. Tan sólo en los días de tormenta, cuándo la tierra es herida por el rayo, se permite recoger el oro esparcido, pues se entiende que este es un regalo de los dioses a sus fieles
La localización de este Monte es celosamente guardada por la orden de los druídas, y cualquier extraño que sea atrapado acercándose a él desaparecerá de forma rápida y dolorosa. Sin embargo, el dinero de Roma abre las orejas, y los celosos guardianes del Monte Sacro deben aplicarse cada vez con más celo en su sagrada misión.
El Monte Sacro puede ser una puerta que en realidad comunique el mundo de los vivos y de los muertos. Entre las tribus galaícas se tiene la creencia de que las almas de los que han muerto deben de dirigirse hacia allá para alcanzar reposo, y que para ello deben de viajar desde el lugar dónde murieron hasta el Monte Sacro. Ocurre sin embargo, que a veces los espíritus de los muertos no encuentran el camino, y su andar se pierde entre los montes de Gallaecia. Es por ello que los viajeros deben incrementar sus precauciones cuándo viajan, especialmente de noche, ya que muchos de aquellos espíritus vagan buscando venganza de los vivos, por envidiar su suerte. Otros, sin embargo, tan sólo solicitan asistencia para poder llevar su viaje a buen término, y no albergan intenciones ofensivas para con los mortales. Es por ello que en cada castro galaíco siempre se mantiene encendida una hoguera por las noches, con el fin de que las ánimas perdidas puedan parar y reconfortarse en su camino. Dicho fuego es sagrado, y en el no se puede cocinar ni quemar alguna otra cosa que no sea la madera cuidadosamente seleccionada por los druídas, ya que se puede incurrir en la ira de los espíritus. Si por alguna circunstancia el fuego se apaga, ello significa sin duda que la desgracia se cierne sobre el poblado.
Gran número de riachuelos y lagunas salpican el territorio, que están habitadas por ondinas y otros númenes acuáticos, siempre caprichosos y exigentes con los mortales. De entre ellos, los númenes de los ríos Birbilis y Cálibe son los más poderosos, y a ellos acuden guerreros de toda Gallaecia para que otorguen poderes extraordinarios a sus espadas y jabalinas.
Las tribus galaicas se agrupan en torno a los castros, poblados fuertemente fortificados, dotados de murallas y fosos, situados en puntos estratégicos del territorio, en lo alto de montes dominando los principales pasos y vías de comunicación. Las murallas sirven tanto como refugio ante las incursiones de pueblos vecinos y alimañas como para evitar que escape el escaso ganado con el que cuentan. Las casas son de planta circular, y están hechas a base de lajas de piedra, cubiertas por un techo cubierto con ramas. Dentro de las mismas, el espacio principal está destinado al fuego del hogar, en torno al cuál se reunen los miembros de las familias para comer, narrar hazañas en la lucha, cantar canciones o contar viejas historias. En cada uno de estos castros habitan gentes pertenecientes a un mismo clan, y mantienen lazos de parentesco con otros castros próximos, con los cuales mantienen relaciones comerciales, conciertan matrimonios, etc. El conjunto de estos castros forma la tribu, que, sin embargo, carece de un rey o algo parecido, sino que se regula por un consejo de notables elegidos en base a su edad, dignidad y hazañas guerreras.
Las mujeres se encargan de administrar la casa, cuidar de los animales y desarrollar las duras tareas del campo. Por su parte, los hombres se dedican principalmente a las armas, en las que se adiestran continuamente con el fin de ejercitar el noble deporte del pillaje contra sus vecinos. De entre ellos, los guerreros más poderosos y los notables se distinguen mediante el uso de torques y brazaletes de oro, decorados ricamente a base de motivos geométricos y vegetales.
Los galaicos crían una raza autóctona de caballos, de andar elástico y adecuado para cubrir largas distancias por el terreno abrupto en el que habitan. Son los llamados tieldones, de aspecto peludo y primitivo y más pequeños que un caballo romano, pero no tanto como el asturcón. Estos animales son utilizados principalmente como bestias de carga o medio de transporte, y no pueden competir en el combate contra los ligeros caballos ibéricos.
El ropaje de los galaicos consiste en túnicas cortas en verano, ceñidas al cuerpo con cinturón, abrigándose con capas de lana en el invierno. Los más ricos pueden decorar sus ropas con ricos bordados. Los pies pueden ir desnudos o con polainas. El guerrero galaíco portaba caetra, puñal y espada larga, así como grebas para protegerse las piernas.
Leyendas y tradiciones
El solar de Gallaecia ya fue conocido en los días antiguos por otros pueblos y héroes. Los griegos cuentan que Teucro, (el hermano del famosísimo héroe Ayax), muerto en combate, hubo de dejar su patria de Salamina tras la caída de Troya, debido a que su padre, Telamón, le consideraba odioso ante sus ojos porque a su juicio debería de haber muerto él, en vez de su amado hijo Ayax. Repudiado, y con la compañía de tan sólo un puñado de fieles, Teucro vagó por el Mediterráneo, hasta llegar a las costas de la futura Cartago Nova. Allá oyó testimonios de una tierra oscura y brumosa, situada en el extremo noroccidental de Iberia, en dónde el oro era tan abundante que los campesinos lo recogían del suelo según iban arando.
Atraído por estas historias, Teucro llevó a sus seguidores hasta aquella tierra mítica, en dónde se dice que se mezclaron con los naturales, fundando una nueva ciudad de nombre griego, aunque algunos otros cuentan que quizás sus pasos le llevaron hacia otras tierras y otros mares aún más lejanos.
Sin embargo, el más famoso de los héroes griegos que pisó el solar Galaico fue el mismísimo Heracles, quién se enfrentó en las costas de la actual Coruña contra el gigantesco Gerión, padre de gigantes, un enorme monstruo humanoíde de dos cabezas cuya raza mítica gobernaba con mano dura la Península tras la caída de la Atlántida. Tras una lucha épica, Gerión fue derrotado por el héroe, y sus huesos sirvieron como cimientos para la construcción de un faro romano que ha perdurado hasta nuestros días: la Torre de Hércules.
Sin embargo, para los nativos célticos de Gallaecia, existen otros héroes y gestas. El mar siempre fue un imán para los pueblos que allá habitan, y pronto comenzaron a surcarlo en débiles barcas de cuero , desafiando los peligros y las bestias del mar en busca de sustento y de descubrir nuevas tierras. Narran los más ancianos que, en la antigüedad, existió un poderoso rey–díos llamado Bel que gobernaba con puño de hierro sobre todas las tribus, un númen hambriento de sangre que subyugaba a las gentes de Gallaecia. Un hombre llamado Partholon se alzó con los suyos contra aquel tirano, y consiguió darle muerte con sus propias manos. Pero en aquellos tiempos no estaba escrito que los simples mortales pudieran tan siquiera soñar hacer daño a la raza de los dioses, y Partholon fue desterrado al peligroso océano, en dónde vagó hasta llegar a una lejana isla rica en pastos, aguas, piedras preciosas y fértiles campos, un auténtico paraiso pero que se hallaba habitada en su totalidad por peligrosas criaturas del Otro Mundo, a las cuales se enfrentó con valentía. Pero esta vez los hados de fueron adversos, y el poder del hombre no pudo nada contra la corrupción y la enfermedad, que acabaron con él y su expedición.
Sin embargo, tiempo después, una nueva expedición proviniente de Gallaecia arribó en aquellas costas. Iba al mando de Nemed, descendiente de Partholon, y su objetivo era encontrar a los miembros perdidos de su linaje. Sin embargo, los habitantes de aquella maldita isla recordaban con frenesí el olor de la sangre humana, y acabaron con todos los miembros de esta segunda expedición.
Pasaron los años, y una tercera expedición fue organizada por Milé, hijo de Breogan, hijo a su vez de Brath, que había venido de tierras extranjeras para aposentarse en Gallaecia. Breogan fue el fundador de una nueva ciudad a orillas del mar Brumoso, y allí tuvo noticias de las expediciones de Partholon y Nemed, así como de la maravillosa isla que tan amargo precio se había cobrado. Desgraciadamente para él, la muerte le sorprendió antes de que pudiera organizar una nueva expedición, y el mando de esta recayó sobre su joven hijo Milé. Los ancianos callan en este punto, porque nunca más se supo nada ni de Milé ni de los suyos, aunque algunos afirman que los rasgos de su sangre se pueden reconocer en los rostros de algunos marineros que, procedentes del Mar Brumoso, recalan en las costas de Gallaecia de cuando en cuando.
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1 comentario

Anónimo -

qe boleta de pagina!!
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